
MICAH P. HINSON es punto y aparte. La publicación de su segundo disco largo (“Micah P. Hinson And The Opera Circuit”) ha rendido a sus pies (¡de forma unánime!) a crítica especializada y público, sin disidencias. Casos como el suyo no suceden todos los días. Pero es que él es todo un caso. Nacido en Memphis hace un cuarto de siglo y criado en Texas, firma una biografía de perro apaleado, resucitado, apaleado y así sucesivamente, tremendamente seductora para la prensa que busca el titular inmediato. Pero no nos dejemos intimidar por las páginas de sucesos y chismorreos, y certifiquemos, bien alto y claro, que estamos ante una muy firme realidad de la americana, la gran revelación de 2006 de la facción indie-trovadoresca del rock estadounidense. Sus letras se despeñan por un vertiginoso barranco de emociones, son postales del lado oscuro del corazón deliciosamente orquestadas y magistrales en su reformulación sonora de las raíces.
Uno de los tres grandes ídolos musicales de Hinson es WILL JOHNSON, el líder de Centromatic y South San Gabriel (los otros dos son John Denver y Brian Wilson). Con los primeros, Johnson factura rock neoclásico de energía tensa, apenas contenida, y el verbo críptico. Con los segundos da salida a su cara más tranquila, la del pop-folk de cámara. Que Will sea telonero de Micah no sólo significa que éste verá cumplido uno de sus sueños. También va a hacer posible la degustación en el mismo escenario de dos platos de calidad suprema, una detrás del otro. Tampoco es un caso que suceda todos los días. Pero es que Will también es todo un caso. Porque se trata de uno de esos músicos de músicos (si le preguntan a Patterson Hood, de Drive-By Truckers, estará de acuerdo) que despierta profunda admiración entre los colegas de gremio. Uno de esos que cuece su discografía a fuego lento (diez años lleva al frente de Centro-matic), sin una mala canción, sin una innecesaria concesión. Un doble cartel que es puro bocato di cardinale.