
No debería sorprender a nadie que JONAH SMITH, como cantante, letrista y pianista afincado en Nueva York, sea partícipe del crisol musical más grande del mundo. Adéntrate en un club de jazz subterráneo del downtown neoyorkino , siéntate un ratito y escúchale tocar- con su gorra ladeada, su actitud tímida, su humor lacónico- y verás que él, como Nueva York, es un pedacito de todo. Smith es un músico experimentado, es un poco jazz; un vocalista sincero, es decididamente soul, un baladista dotado y un cuentacuentos, es incluso, algo Nashville. Aunque, básicamente, en esencia, es rock and roll.
La música de Smith es, sin duda, evocadora, y hay algo muy familiar en ella; no suena, en absoluto, a nada que se haya escuchado antes. Al contrario: suena a música muy actual. Su voz conmovedora y magnética y sus canciones llenas de calidez, los singulares tonos de su Fender Rhodes, hacen que las canciones que escribe Smith suenen completamente nuevas. Esto es lo que le ha hecho merecedor de las excelentes críticas en Nueva York y toda la Costa Este: “La industria musical descubre su futuro”, escribía el The New York Post. En el Boston Globe la música de Smith era calificada de “asombrosa” y, “sofisticada y conmovedora” en el Modern Drummer. Durante una gira reciente por España, La Vanguardia lo definía como “una de las voces más importantes de la música soul moderna”.
Elegante, folk e infinitamente emotivo, el debut nacional (EEUU) de título homónimo -el que fuera el primero en salir a la venta de la mano de Relix Records-, oscila entre el vintage, la Americana untada de pedal steel guitar hasta el blue eyed soul clásico (conocido también como soul blanco) preñado del distintivo sonido del Rhodes.